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Lágrimas
para la
comunicación
y supervivencia
De todas las formas de comunicación, las que más fácilmente se expresan y descodifican de manera no verbal son las respuestas emocionales. En menos de un segundo puedes echar una mirada al rostro de una persona y saber intuitivamente qué expresa. Las cejas contraídas, los labios apretados, las arrugas en la frente, el mentón apoyado en la mano, y piensas: “está confusa”. En efecto, esa persona parece desconcertada por algo. Las mejillas ruborizadas, los músculos tensos en la nuca y las mejillas ruborizadas, los músculos tensos en la nuca y las mejillas, la mirada ardiente, intensa, y la persona parece enfadada contigo. Una postura hundida, los labios hacia abajo, la humedad que rebasa los ojos, y reconoces de inmediato la tristeza. Lo mismo ocurre con una docena de reacciones emocionales diferentes, cada una de las cuales es reconocible por su señas visuales, cada una de las cuales evoluciona con el tiempo para aumentar la comunicación y las capacidades de supervivencia de nuestra especie.
La naturaleza nos ha provisto graciosamente de señales para ayudarnos a interpretar las respuestas emocionales. Por ejemplo, las cejas levantadas que acompañan a la sorpresa o el interés también representan una expansión de los ojos en los primates. Esta adaptación fisiológica incrementa la agudeza visual, lo que permite percibir mejor el peligro. Sin embargo, las cejas arqueadas son también una señal para los otros. En realidad, la verdadera finalidad del pelo sobre los ojos es destacar esta zona, de manera que sea más fácil comunicar interés de unos a otros. Más que ningún otro animal, los seres humanos se miran intensamente a la cara unos a otros durante la comunicación, primariamente para observar la comunicación no verbal que acentúa las palabras.
Muy pronto en la vida dominamos la habilidad para expresar y leer la emoción. A los dos años, un niño ya sabe cómo poner una cara feliz o triste, y sólo un año después puede contar qué siente. También es común que en respuesta a la mamaíta o al papaíto que llora – o que simula llorar – un niño de tres años sepa ofrecer consuelo. Aunque hay cierta discusión sobre si esto es el resultado de la empatía natural o una conducta adquirida, no cabe duda de que los seres humanos desarrollan a muy tierna edad la capacidad de expresión y sensibilidad emocionales.
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