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Los
linyeras
“Cuanto más aislados estamos más mundo vemos”
Quizá por haber nacido en pleno campo, en Darregueira (Partido de Puán), en el límite de la Provincia de Buenos Aires con La Pampa, nuestros ojos infantiles –teníamos cinco o seis años- guardan el recuerdo de un hombre que tuvo la generosidad de regalarnos, sin conocernos, un autito de juguete. Recordamos que le faltaba una rueda, pero no nos importó.
Tenemos aún en nuestra retina su imagen y su muy humilde vestimenta. Un rostro bondadoso, curtido por el sol y enmarcado en una barba negra y espesa.
Calzaba alpargatas sin medias, una camisa remendada y pantalones raídos.
Era un
linyera.

Este regalo inesperado nos insufló una simpatía “a priori”por los linyeras. Años más tarde se despertó en nuestro espíritu la necesidad de buscar el porqué de su inusual forma de vivir..
Hace tiempo leímos un trabajo del periodista Hugo Nario, en el que éste reporteaba a un ex linyera con muchos inviernos sobre los trenes de carga de todo el país.
El entrevistado relataba que había soportado hambre, miedo, frío. Pero no soledad. Porque no la sentía. Y agregaba que aquellos que en la inmensidad no sentían soledad, no estaban solos.
El periodista le preguntaba:
-¿Por qué ese ir y venir de un lugar a otro, sin permanecer en ninguna parte?
-Es que yo busco siempre la libertad –contestaba el vagabundo.
En las primeras décadas del siglo pasado, se estimaba en miles de jóvenes, o no tan jóvenes, los que dejaban sus pueblos y ciudades y salían a vender su propia mano de obra individual.
Viajaban furtivamente en trenes cargueros. Y trabajaban en la recolección de maíz u otros granos.
También hombreaban bolsas, siempre
temporariamente.
Se les llamó linyeras, palabra derivada del atadito en que guardaban sus precarias pertenencias y al que denominaban lingher, vocablo de origen piamontés.
Así como las leyes de la Naturaleza no necesitan redactarse, ellos tenían su propio código no escrito.
Por ejemplo: ningún linyera preguntaba a otro su pasado ni las causas de su modo de vida; ni siquiera su nombre.
Se bajaban en las estaciones ferroviarias de campo y se alojaban en los galpones donde se guardaba el cereal.
Y algo que llamará la atención. Había entre ellos –y en buena proporción- gente culta, pensadores, ex artistas.
Muchos linyeras llevaban libros de José Ingenieros, de Sarmiento, hasta de
Schopenhauer.
Claro que también había gente sin moral o que huía de la policía. Pero no olvidemos que, con frecuencia, el hombre que se abandona es porque fue abandonado.
Es curioso qu8e estos seres automarginados de los avances de la civilización, organizaran su modo de vida precisamente en torno de un instrumento de progreso: el ferrocarril.
Es que la vía era una especie de madre sustituta. Los llevaba a todas partes, los alimentaba y hasta velaba por ellos.
Hubo dos grandes grupos de linyeras: los llamados “de juntada” y lo “de vía”.
Los “de juntada” salían de sus pueblos a juntar en épocas de recolección y luego de meses volvían, pues solían tener casa o familia.
Los verdaderos, los profesionales, eran los “de vía”. Para ellos la vida libre era un objetivo, no un medio. Estos no regresaban jamás.
Para casi todos los de este grupo, seguramente olvidar era más importante que recordar.
Se revelaban alumnos muy destacados de todo lo que concernía a la naturaleza, porque necesitaban conocerla.
Por ejemplo: si los gallos cantaban a destiempo en la noche, amanecería con neblina; Si en días de sequía las vacas aspiraban el aire o los pájaros se revolcaban en el polvo, habría tormenta; si el chingolo cantaba a medianoche, era lluvia segura; si las estrellas brillaban más que de costumbre, habría helada.
Todos ellos sabían que el pájaro canta a todas las Primaveras. En cambio, el hombre sólo a algunas... Y que ni bien anochece, el campo comienza su sueño de silencio.
Para alimentarse solían encontrar zapallos, de semillas caídas al descuido, o puntas tiernas de alfalfa, sabrosas y nutritivas, siempre junto o cerca de las vías.
En general, los linyeras no fueron bien comprendidos y soportaban muchas veces un cierto rechazo.
Es que suele despreciarse lo que se desconoce...
Otra característica muy definida era su individualidad. Iban casi siempre de a uno, rara vez de a dos y casi nunca de tres.
El mayor problema de los linyeras era la vejez, que solía llegarles prematuramente. Porque vejez significaba menor resistencia al frío, al cansancio, al hambre. También menor agilidad para trepar y descender de los trenes.
Recién solían comprender la fragilidad de la vida cuando notaban su propia fragilidad. Es que la experiencia sólo se aprende con la experiencia...
Aproximadamente a los cincuenta años se sentían viejos, porque ese tipo de vida los desgastaba. En ese caso, muchos conseguían algún carrito desvencijado con un caballo seguramente viejo como el dueño y llegaban a algo que para la ley no escrita del linyera era degradante: la mendicidad, la limosna.
Era el momento en que experimentaban un cansancio que entendían definitivo...
Y hemos querido rendir nuestro homenaje de gratitud a aquel linyera cuyo nombre no supimos pero que perdido en la bruma del tiempo, nos diera una inolvidable lección de generosidad, de cariño, de amor.
Sólo recordamos que nos habló de su soledad, como de una especie de enfermedad incurable. Con nuestros cinco o seis años no lo pudimos entender.
Varias décadas después comprendimos que estos hombres, en su permanente observación de las estrellas, quizá lograban descubrir la claridad. Y que esa soledad también los ayudaba.
El bucear en la vida de estos seres nos hizo pensar que muchos de ellos pudieron ser víctimas de incomprensión, de hondos dolores espirituales, de destinos injustos, y buscaron en la amplitud de nuestra generosa patria tanto cielo sobre sus cabezas como tierra bajo sus pies.
Porque en la inmensidad el hombre puede encontrarse, ya que, en definitiva, el linyera es precisamente el dueño de esa inmensidad.
Y esta sensación anímica no es patrimonio exclusivo de estos hombres, ya que como lo expresamos en el aforismo inicial:
“Cuanto más aislados estamos, más mundo vemos”.
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