P E R I O D I C O   C U L T U R A L

N° 11 - 22 de Julio de 2004

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El amor en tiempo de guerra

 

Tan solo habían transcurrido desde la rendición y posterior retiro de las fuerzas británicas que pretendieron someter a Buenos Aires (junio de 1806), cuando una flota de aquella nación, seis veces mas numerosa en efectivos y navíos, comenzó a hostilizar ambas márgenes del Rió de la plata, con el propósito de ocuparlas militarmente. 

Tanto en Buenos Aires como en Montevideo ante, la Real amenaza, empezaron los aprestos para la defensa de ambas plazas.

Durante los primeros días de octubre una fuerza enemiga desembarco en Maldonado (Banda Oriental) y tras una breve escaramuza se apoderó de esa localidad, paso inicial de una contienda que se prolongaría a lo largo de los siete primeros meses de 1807. 

En los primeros días de febrero, cayó Montevideo tras una resistencia feroz y encarnizada, a resultas de la cual fueron hechos prisioneros varios militares: Pascual Ruiz Huidobro, Rondeau, Zapiola, Balcarce y Vedia, A quienes, en ese carácter, el general Auchmuty, remitió a Londres.

Tras un fallido intento de Javier de Elio por recuperar Colonia del Sacramento, con tropas criollas, la Banda Oriental quedó en manos de los británicos.

En mayo llego el general Whitelocke quien asumió como jefe supremo de las fuerzas invasoras, para iniciar el ataque a la Cuidad de Buenos Aires.

Efectuado el desembarco se repitió el episodio del año anterior, no hubo como frenar el avance del enemigo, quien apoyado por las naves que de hecho ejercían un bloqueo sobre nuestras costas, dividido en varias columnas se disponían a someter a los criollos y españoles que pretendían resistir a los invasores.

Una avanzada de la infantería inglesa comandada por el Cnel. Nicholls, copó "La Residencia" ubicada en el sur (defensa entre Humberto 1º y C. Calvo) estableciendo un cantón en el templo de los padres betlemitas.

Calle por medio, habitaban, Martina Céspedes y sus tres hijas, todas en edad de merecer. Los infantes ingleses no tardaron en descubrirlas, la forzada abstinencia… y doce de ellos se dirigieron al boliche para entablar la relación apetecida.

La madre de las muchachas, viuda, pero no desprotegida, impuso una condición: pasarían de uno a la vez. Como "a caballo regalado no se le miran los dientes", sumada a la urgencia de los "boys" por despachar el tramite, éstos aceptaron la exigencia y se pusieron en la cola, suponiendo que "el campo se le hacia orégano" (1.).

Martina hizo pasar al primero, conversación, caña correntina, palo, ¡y a la bolsa! así hasta que los doce "amarrados" y "comidos" dieron con sus huesos en un sótano.

En tanto el invasor por el sur, el norte y el oeste iba cerrando el cerco sobre Buenos Aires, para dar el golpe final. Se venia el asalto.

Sobre el particular, dice un cronista de esos episodios:

Santiago andaba indeciso,
pero funcaba martín,
dispuesto a ponerle fin
a todo ese zafarrancho
sabiendo que a cada chancho
le llega su san martín.

Y el milagro se obró, después de estar al borde del k.o. el pueblo y sus enclenques fuerzas, lograron desbaratar la intentona británica con la inestable ayuda de la ineficacia del general Whitelocke, casi un aliado en este albur. 


Y así comenzó el festejo,
lo valía la victoria,
cuando en medio de la euforia
que el triunfo desato.
Ña marina apareció 
dándole fin a su historia.

La doña llegó con once 
de los doce prisioneros,
en realidad unos ceros 
con la moral por el piso.
Los tomaron píal chorizo,
justo a ellos, tan cancheros.

Se los entrego a Liniers 
diciéndole: general, 
es la parte principal,
el que me falta es un tierno 
quien pronto será mi yerno
si usted, no lo toma a mal.

Sonrió, Santiago, pensando 
"¡que me van a hablar de amor"!
con tono conciliador 
le dio el indulto al ingles
y a ella por su intrepidez
la hizo Sargento Mayor.

Hay hechos en la vida que por hermosos merecen ser recordados y como los coralarios no necesitan demostración. 


(1) dicho popular: que se refiere a tener el campo libre "para correrlo sin inconvenientes, pues la existencia del orégano impide la aparición de las vizcacheras, donde el caballo puede mancarse al introducir sus patas en ellas.

Alfredo Luis Noceti
Historiador - Investigador
Vecino Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires

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