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Turismo
Luego de 18 horas de vuelo, 2 horas más en tierra para salir del aeropuerto de Sydney, Australia. ¿Piensa usted que es por no encontrar las valijas? Equivocado, las medidas de seguridad – desde lectura de pasaportes por medios electrónicos ultramodernos hasta apertura y vaciamiento de todos y cada uno de sus bolsos, mochilas e incluso billetera -, son una actividad que debería estar incluida en cada uno de los itinerarios dados por una agencia de turismo, si es que no quiere perder tiempo de su
viaje de placer. Usted es un turista y no un delincuente: hágaselo saber al agente de inmigración que lo espera en cualquier aeropuerto de los EE.UU. Enrique Pinti, en Candombe Nacional, su último espectáculo, nos hacía saber sobre lo que sufrió en
Nueva York negando a sus amigos porque si alguien más le preguntaba a quién iba a ver, si tenía parientes o conocidos en el lugar, hoy habría un empleado público norteamericano menos.
Bien, a lo que quiero llegar es que el turismo internacional hacia EE.UU. y Europa, qué decir de Asia u Oceanía, está cada día más complicado y mi opinión es que nuestro país debe aprovechar esta situación para crecer en este ramo de la industria pensando en la gente que venga con sus valijas desde el exterior pero sin descuidar el mercado interno.
Paso a detallar algunas condiciones favorables para la actividad turística en la Argentina que a mi parecer constituyen los pilares de la alegría de las plazas hoteleras y los rincones gastronómicos del país. En primer lugar, lo que ya describí en párrafos anteriores: la seguridad en aeropuertos y fronteras se hace cada día más estricta. Las visas a destinos antes codiciados por los turistas argentinos ahora se vuelven inalcanzables, tanto por precios como por interrogatorios y entrevistas a sortear donde puede ser más fácil ganarse el gordo de Navidad que conseguir exitosamente la culminación del trámite; es decir, tener todos los papeles y que no se le venza el pasaje de avión. Segundo punto, los precios. La década del ’90 fue inmejorable para subirse a un avión, un barco, o un jet privado hasta cualquier punto del mundo que quisiera conocer. Época del 1 a 1, peso igual dólar, viajo, compro, recorro y no ahorro. No se veraneaba en Mar del Plata, ibas a mojarte los pies a Río de Janeiro o a Cancún. Con la devaluación, pesificación, corralito, no sólo se terminó una década sino también un estilo de vida y allá vamos nuevamente a la Feliz, sus lobos marinos y amplia capacidad y oferta hotelera de buena calidad. Para qué viajar tanto.
Además, dicen que las empresas de aviación se preocuparon por sacar asientos para hacer el viaje más cómodo, ¿no será en realidad que les faltan pasajeros por las tarifas que están por los cielos y por qué no, en los EE:UU:, el temor a volar luego de los atentados del 11-S? El tercer punto, aunque se contrapone un poco a este última pregunta, se refiere a los que vienen de afuera. Sí, algunos tendrán temor y otros no conseguirán un vuelo directo a la Argentina, porque las frecuencias disminuyeron considerablemente y los asientos también, pero qué hermoso destino y barato por cierto, son los paisajes de este país del sur de América con su Cordillera de los Andes, el glaciar Perito Moreno, las Cataratas del Iguazú o la Pampa Húmeda, con hoteles de 5 estrellas y grandes chefs, con actividades nocturnas en Buenos Aires (aunque los lugareños tengamos temor de salir de noche por la inseguridad, sabemos que los turistas tienen cierta protección). Los precios son más que accesibles y hay mucho para hacer, las puertas de los aeropuertos son más permeables y aquí no se necesita visa ni se ficha a nadie (ni siquiera a los locales delincuentes, pero eso es otro tema).
El panorama es claro, las ganas de los turistas también y por eso en las últimas vacaciones la ocupación hotelera en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires trepó hasta el 70 por ciento de ocupación, cifra bien positiva, algo que no ocurría desde hace mucho tiempo. En el interior fue parecido.
Lo que nos queda por mejorar es la atención, la recepción. No basta con tener mil y una escuelas de hotelería, ser un buen manager de un palacio de la cadena Hilton, saber idiomas si no hago del turista un rey. Puede que me cause envidia ver cómo disfruta el prójimo en mis tierras pero tengo que pensar que de eso depende el que yo esté en su lugar en un futuro no muy lejano. También el gobierno con políticas de protección y fomento del turismo, haciendo más confortables y accesibles los lugares que hoy son patrimonio de la humanidad, -caso del glaciar Perito Moreno, la península Valdés y las Cataratas, por ejemplo- y velando porque las ciudades sean habitables para todos. Nosotros mismos, los argentinos, debemos reconocer en aquellos que nos visitan fuentes de trabajo y prosperidad para el comercio y la “industria sin chimeneas” que constituyen los servicios. Ser amables, no cobrar demás (en el caso de los taxistas, dueños de restaurantes) y acompañar unas cuadras al que quiere conocer más sobre nuestras cosas son pequeñas máximas que nos reconfortarán y harán que ése que eligió volar tantos kilómetros porque le hablaron bien de este rincón del hemisferio Sur, vuelva y traiga a otros. Y me voy a preparar mis próximas vacaciones en alguna terma de Entre Ríos...
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